jueves, 15 de octubre de 2026

Con la soledad

 

Con la soledad

Hablamos, de vez en cuando,
con la soledad,
ésa que convive sin pedir
ni permiso ni perdón.

Le decimos lo que pensamos de ella,
o de él,
que el género aquí no importa.

Nos acompaña, a veces
con grata generosidad,
en el amor y las penas,
en la jovialidad y la tristeza,
en los encuentros y las fatigas,
en las caídas y en las subidas,
en las derrotas y los insumisos triunfos,
mientras suenan notas de pureza
y de melancolía.

Nos emocionamos:
le contamos lo que nadie sabe,
lo que no nos atrevemos a confesar
en la calle,
ni siquiera ante los nuestros,
entre situaciones agridulces,
que nos rodean
y que, sin poder, nos pueden.

Es, esa soledad,
nuestra mirada en murmullo.
Salen, cuando le entregamos
el alma y el espíritu,
sinceridades a borbotones,
y lloramos mientras lo hacemos,
como si todo tuviera importancia,
o quizá nada no tenga.

Nos aclaramos, nos aturullamos,
nos agotamos, nos acabamos,
para recomenzar,
en una conversación que es
un hartazgo de monólogo.

Ella, mientras vivimos ese azogue,
nos mira con consideración,
con ternura y paciencia,
y, entre asentimientos varios,
nos abraza, nos ama,
y nos libera,
siendo ella, como yo,
consciente de que lo que viene
por detrás, por todos lados,
es aún peor.

¡Ay, querida soledad!

Juan T.

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