La viveza de Paco
Cuando Paco murió yo intenté darle un sentido, a él, y a mí. Nos cuesta separarnos de las personas a las que valoramos, a las que sentimos como parte de la existencia, porque referencian mucho, porque son estandartes y baluartes, como, en mi caso, lo fue, asimismo, mi maestro Pedro, que tanto me dio. En él vi a la universal Universidad, como ahora contemplo, en la distancia a mi faro intelectual Alejandro Pizarroso.
¿Cómo dar sentido a lo que, aparentemente, no lo tiene? El sentido era yo. Sonaba a visión ególatra, pero no: él seguía siendo importante, incluso lo era más, en mí. Por eso, cogí su mirada, sus perspectivas, sus torpezas, sus conquistas, sus positivismos, sus momentos más amargos, y caminé, tomándolo como testigo y notario de la realidad a través de este humilde servidor.
Era Paco, es Paco, en mi propia trayectoria. Yo, aunque parezca contradictorio, me mantenía, no perdía mi personalidad, pero Paco era como mi Sancho Panza, si bien a menudo él es más soñador que quien esto suscribe.
Como si se tratase de la transferencia de un caudal de conocimiento por un programa informático, llamémosle Matrix, me llegó su óptica y su acopio de sabiduría, que no era poca. Paco ya no se había ido: estaba en mí. Ahora, ciertamente, tocaba administrar oportunamente ese don, ese cumplimiento de una misión posible, valiosa, determinante y cargada de responsabilidad. Vivir por él, y en él.
El día que me dijeron que se precipitó desde un séptimo piso, quise darle sentido a su vuelo, para evitar la fatal caída, que siempre llega, que siempre duele, pero que, indudablemente, no debemos provocar. Esto también, quizá sin querer queriendo, me lo enseñó Paco.
Porque es así le dediqué mi última novela, "Historias de Amor y un buen desenlace", sin explicar en ningún momento el origen del personaje y de su personalidad. Hoy, quizá por las brumas del día, lo cuento, aunque me prometo que no lo volveré a relatar más. El sentido de Paco no está en aquella llamada que pregonó su muerte, sino en la eterna vocación de permanecer vivo en manos de un amigo.
Juan T.
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